Nosotras decidimos, cuando y como

Nosotras decidimos, cuando y como

NOSOTRAS DECIDIMOS CUANDO Y COMO

Todavía recuerdo a Ana. Fue hace varios años, cuando empezó a ser efectiva la técnica de vitrificación de ovocitos. El ginecólogo del equipo que llevaba su caso me dijo que hablara con ella, para que decidiéramos juntas cuál era la técnica de reproducción asistida que mejor le convenía. Ana vivía con su madre, no tenía pareja, y su sueño era poder tener un hijo. Y su problema era que, aunque aún joven, no tenía óvulos de buena calidad como para poder quedar embarazada. Ana tenía un trabajo que la obligaba a viajar con frecuencia, y era difícil poder realizar las visitas necesarias a la clínica. Entonces pensamos que podría utilizar los óvulos vitrificados de una donante, y así transferir un embrión cuando ella pudiera. Recuerdo a Ana porque fue la primera, porque tuvo una preciosa niña que, como ella decía, vino del frío, y porque me regaló una varita mágica pensando que era su hada madrina por haberla ayudado a cumplir su sueño.

Y como ella, pienso en otras tantas mujeres que, solas o con su pareja, lograron lo que más ansiaban. Lo que las hizo libres y autónomas en sus decisiones de formar una familia.

Pero también recuerdo que, no hace demasiado tiempo, las cosas eran distintas.

El 25 de julio de 1978 nacía Louise Joy Brown, la llamada primer “bebé probeta”, el primer nacimiento obtenido por Fecundación in vitro. Y lo que ahora se considera un tratamiento de rutina en las parejas con problemas de fertilidad, hace treinta años supuso una auténtica revolución. El desarrollo de esta técnica ha planteado no solo problemas científicos y técnicos, sino que se han agregado los de naturaleza bioética por la intervención de la ciencia en la reproducción humana (fuertemente ligada en ese momento, aún más que ahora, a la sexualidad y a la religión). Tanto fue así, que relegaron a un rincón de Bourn Hall el laboratorio de Fecundación in vitro donde se consiguió el primer nacimiento de FIV, ya que la Iglesia no permitía estas técnicas “del diablo”. Y la sociedad entonces era un fiel reflejo de lo que ocurría dentro de los laboratorios. Las parejas que recurrían a estas técnicas lo llevaban en secreto, como si la infertilidad fuera un estigma y las técnicas un pecado. Las mujeres necesitaban de un marido para poder embarazarse, y las parejas de mujeres, literalmente no existían.

Los especialistas en reproducción que llevamos trabajando en este campo mucho tiempo, entendemos cual es el calvario que tuvieron que sufrir las mujeres a lo largo de tantos años hasta conseguir vencer, no solo las trabas médicas, sino las sociales, ya que hubo de enfrentarse en aquella época a la oposición de la Iglesia, el Gobierno y los medios de comunicación.

En España, la Ley de Reproducción Asistida, la primera de Europa y una de las más tolerantes, permite que una mujer, independientemente de su edad y condición, pueda acceder a las técnicas de reproducción asistida. Y es por ello que mujeres de todo el mundo acuden a nuestras clínicas a conseguir el embarazo que en su país tienen prohibido o, en el mejor de los casos, muy difícil.

Pero todo esto es ahora: mujeres que han pospuesto su maternidad por motivos laborales, mujeres que, por el contrario, quieren un hijo pero no ahora, y congelan sus óvulos para el futuro. Mujeres que no tienen pareja masculina (ni la necesitan), o con pareja femenina. Todas ellas pueden decidir cuándo y cómo tener un hijo. Pero no entonces. Aún a pesar de que la Ley española data de 1988, como antes comentaba, la sociedad, machista y conservadora, no ofrecía facilidades a la mujer que quería ejercer su derecho a la maternidad libremente.

Hace también unos años, recuerdo a Rosa. Estaba divorciada y quería tener un hijo como madre sin pareja. Hasta ahí, ningún problema. El problema vino cuando en medio del proceso conoció a un hombre que no admitió que Rosa quedase embarazada sin su intervención. Y a pesar de su oposición y la de toda su familia, Rosa consiguió el embarazo con una inseminación utilizando semen de donante. Sola. Sin el apoyo de su pareja ni de su familia. Y la admiré entonces, por su valentía. Y la recuerdo ahora.

Y son todas esas mujeres las que hacen posible actualmente que cualquiera de nosotras cuando y como queramos, sin la desaprobación de nadie, podamos elegir el momento de nuestra maternidad.

 

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